El árbitro pita la falta, mi familia salta de la alegría. “¡Vamos Ñol!”, repetía el narrador en la pantalla, y yo no entendía nada. Que voy a entender si tenía 5 años de edad. Que voy a entender si cuando mi familia se sentaba a ver eso que llamaban “fútbol”, hinchaban por equipos que vestían de blanquiazul, cremas y rojinegros (mi padre es arequipeño); y ahora los veo como locos gritando las jugadas de un equipo a la cual siempre llamaban “chico”.
Yo realmente seguía sin entender, mi padre justo ese año me comenzó a llevar a los estadios, recuerdo en ese entonces que para mis los estadios eran más grandes de como los veo ahora. Conocí Matute y el Nacional; pude ver en acción a cremas, blanquiazules, rosados, ediles y celestes. Pero para ese entonces mis distracciones eran otras, repetía “Arriba Alianza” por amor a mi madre que desde pequeño ya me vestía con esos colores; a mi padre no le importaba, él era consiente que difícilmente me vuelva hincha del Melgar, como lo es él, pero si algo me contagio fue su amor por el fútbol. Yo amaba a mi padre y si quería pasar tiempo con él, era viendo fútbol. No tengo otro recuerdo de él que no sea ir a un estadio o ir a la loza de mi barrio a ver como jugaban los muchachos de entonces. Pero era muy pequeño y aun me costaba entender, el por qué se alocaban tanto; yo también quería sentir esa euforia. Lo único que hacía era repetir como mono lo que ellos hacían porque a esa edad buscamos ser aceptados, pero bastaba una distracción, un juguete por ahí y volteaba mi cabeza y me desconectaba de ese planeta llamado fútbol.
